| Un triunfo del exilio cubano En 1933, en Londres, uno de los talentos mas multifacético, influyente y controversial del siglo XX, el filósofo-matemático Bertrand Russel, Premio Nobel de Literatura, quien se definía como un anarquista liberal o un izquerdista escéptico, fundó en Londres el PEN Club Internacional. La idea de Russel, quien, en esa época, veía con alarma la expansión del totalitarismo nazi y, con menos alarma, el endurecimiento de la dictadura soviética, era crear un centro donde poetas, escritores y novelistas (de ahí la sigla PEN) que quisieran contribuir a la paz mundial, y, sobre todo, aquellos que sufrieran persecución por sus ideas, tuvieran una institución donde unir sus esfuerzos por la libertad de expresión. La idea se esparció rapidamente por el Occidente. Para 1946, tras la derrota de Hitler, existían clubs locales, siempre vinculados al centro londinense, en casi todas las capitales de Europa y de América. En la Habana, Jorge Mañach fundó una filial y casi todos los escritores cubanos de la época desde Fernando Ortiz y Anita Arroyo, hasta Luis A. Baralt y Leví Marrero, se integraron al PEN Club y, en reuniones mensuales, compartieron la mas añejas y novedosas ideas que circulaban por el mundo. Intelectuales extranjeros invitados contribuyeron a expandir el ámbito y el prestigio del grupo. Lamentablemente, a medida que en la década del 50 la situación política se tensaba en Cuba, sobre todo tras el golpe militar del 10 de Marzo, los miembros del club fueron asumiendo posiciones disímiles o antagónicas y relegando el PEN club a un lugar secundario. Una vez mas, la política se imponía sobre la reflexión. El último presidente, Octavio R. Costa, no logró revitalizar a la filial y el club practicamente dejó de existir. En el exilio, Octavio R. Costa, cuya producción cultural y su noble devoción a Cuba lo han convertido en figura cimera de nuestra historia, abrigó siempre el ideal de restablecer el PEN club cubano acá, en tierra de libertad, lejos de la asfixiante dominación de un gobierno totalitario, tambien empeñado en fundar en la Habana un PEN club que funcionara a nivel de lacayo del régimen. El callado esfuerzo de Costa encontró eco y logró el apoyo de un grupo de intelectuales exiliados pertenecientes a mas jóvenes generaciones. Indamiro Restano habló del anhelo de los escritores independientes en la isla de restaurar una agrupación como el PEN club; Reinaldo Bragado y Armando de Armas unieron su entusiasmo a la gestión y el poeta Angel Cuadra, quien sufrió largos años de prisión en Cuba, se convirtió en alma y brazo de la idea. Urgía actuar porque la dictadura castrista no cejaba en su empeño de lograr, si no el reconocimiento de un PEN club en la Habana, por lo menos el impedir que los cubanos exiliados alcanzar a establecer uno fuera de la isla. El dinamismo del grupo fue decisivo. Se necesitaban más firmas y se consiguieron; se precisaba establecer contacto con los rectores actuales de la institución y se lograron; se descubrió que era esencial enviar a a alguien a Edimburgo, en Escocia, donde se iba a celebrar el 64 Congreso del PEN Club, para que explicara las razones y la justicia de la iniciativa, y Angel Cuadra fue a Edimburgo, conversó con todas las delegaciones que pudo, razonó razones y rebatió las objeciones de ciertos delegados que rechazaban la idea de que se reconociera a un grupo de exiliados cubanos localizado en Miami. Al concluir la Asamblea, donde Cuadra ofreció su discurso final, el aplauso fue largo y, por decisión unánime, se admitió un Centro de PEN Club de Escritores cubanos en la llamada “capital del exilio cubano”. El único compromiso que solicitó la directiva de la institución fue el que los miembros de la nueva agrupación lucharan por la libertad de expresión y de creación en Cuba. Requisito que, como muy bien aclaró Cuadra, era el compromiso esencial que los escritores cubanos exiliados habían contraido con ellos mismos y con Cuba mucho antes de hacer gestiones ante el PEN club de Londres. Al momento de felicitarlos, me permito hacerles una sugerencia. Para celebrar como corresponde ese triunfo y darle un mayor sentido de continuidad histórica a la causa, me atrevería a proponer que, en el momento adecuado, se nombrara presidente del PEN Club de Miami al hombre que lo presidió cuando caía la noche sobre Cuba, y quien no ha cesado de ser, por sus propios méritos, un guía intelectual del exilio: Octavio R. Costa. Honor a quien honor merece. |