En Noviembre de 1816 una avanzada del ejército realista al mando de Pedro de Olañeta toma prisionero a Juan José Fernández Campero, popularmente conocido como marqués de Yavi. Este patriota, que luchó a la orden del Gral. Martín Miguel de Güemes, murió el 22 de Octubre de 1820 en Jamaica mientras era trasladado a España para ser juzgado.
Al cumplirse el 185º aniversario de su muerte, se recuerda el momento en que comenzó su martirio a través de los escritos de Jorge Newton y Bernardo Frías.
Jorge Newton, autor de Güemes, el caudillo de la guerra gaucha relata bajo el título El ejército realista ocupa Jujuy: “Mientras La Serna prepara e inclusive inicia su invasión rumbo a Salta, en el campo argentino se está ya sobre aviso de los acontecimientos que se avecinan, pues, desde el mes de agosto de 1816, que es cuando Belgrano asume el comando del ejército patriota que ha retrocedido hasta Tucumán, es evidente que comienza a cundir la alarma de la invasión realista al territorio de la provincia de Salta, que entonces comprende la jurisdicción de ese nombre, y las de Jujuy y Orán.
Aun antes de que La Serna resuelva iniciar su campaña, ya el general Olañeta incursiona frecuentemente sobre las proximidades de las avanzadas de los gauchos de Güemes, teniendo como punto de apoyo a la población de Yavi, desde donde unas veces avanza hasta la población de Humahuaca, situada en la entrada de la Quebrada del mismo nombre, y otras veces por el despoblado de Casabindo, como asimismo se introduce en el valle del Bermejo, aprovechando para eso los boquetes de la sierra de Santa Victoria.
Es para neutralizar estos movimientos de Olañeta, previos a la invasión comandada por La Serna, que Güemes ubica en Tarija uno de sus escuadrones, al mando directo del Comandante Uriondo, a quien le ordena sostenerse allí tanto como le sea posible, apoyando a los naturales del lugar, que desean pronunciarse por la revolución. Atacado posteriormente por las fuerzas superiores del general La Serna, Uriondo opta por retirarse al lugar denominado Las Salinas.
A esta altura de los acontecimientos, Güemes ha tomado un dispositivo de batalla que, si por una parte hace honor al guerrillero, por otra revela en su autor al militar de carrera. Describiendo tal dispositivo militar, dice el general Mitre que “servía de punto de apoyo a esta fuerza destacada, el comandante don Manuel Eduardo Arias, caudillo local del Valle de Zenta, que tenía su cuartel general en San Andrés, quien vigilaba al mismo tiempo las serranías de Santa Victoria o Yavi. Por la izquierda reforzó al marqués de Yavi, situado en la altiplanicie del despoblado, con algunas partidas de Dragones Infernales y gauchos a cargo del capitán Juan Antonio Rojas, nombrando segundo jefe de la división volante del marqués al comandante Quesada, desertor del ejército de Rondeau, que tenía reputación de buen oficial de línea. Al centro y a lo largo de la Quebrada situó la vanguardia escalonada, confiando su mando general y el de todos los puestos avanzados al comandante don José María Pérez Urdininea, natural del Alto Perú, y jefe valiente y entendido en la guerra. En esa disposición, el honor del primer choque parcial cupo a la división del marqués de Yavi”.
Al producirse el avance de Olañeta, el marqués, después de haber permanecido algún tiempo dominando la ciudad de Jujuy, opta por retirarse hasta Abra Pampa, donde lo ataca la vanguardia de Olañeta, siendo repelida, después de algunas vacilaciones, y finalmente puesta en desordenada fuga.
Este pequeño choque, registrado en momento en que La Serna asume el mando del ejército realista en reemplazo de Olañeta, es una advertencia respecto a lo dura que va a ser la campaña, y La Serna, veterano guerrero, ante todo, no la deja pasar inadvertida, y prefiere que se lo considere derrotado a él mismo, sin estarlo.
Este y otros pequeños triunfos engañan al marqués de Yavi, de quien el general Mitre dice que “se creyó un verdadero general vencedor y avanzó su campo hasta Miraflores, a inmediaciones de la vanguardia enemiga”, mientras Güemes, que se encuentra a sesenta leguas a retaguardia, y que por lo tanto no puede tener noción de lo que ocurre sino a través de los informes que le envía el Marqués, ordena una concentración de vanguardias a las órdenes de aquél, para que inicien la persecución del enemigo, sea cual fuere el rumbo que tome. Tan convencido está Güemes de la veracidad del informe del Marqués, que ese mismo día le escribe al general Belgrano, que continúa con su ejército en las inmediaciones de la ciudad de Tucumán:
“Por cobardía del enemigo no hemos podido poner en ejecución en todo los planes que en copia le dirigí en mi anterior. La retirada la ha hecho sin más motivo que el haber sabido que se movían las divisiones de mi mando. Hemos desconcertado sus planes”.
Pero nada de esto ha ocurrido, se trata solamente de un ardid del general español, que poco después sorprende a los patriotas en Yavi, donde el propio Marqués cae prisionero, mientras el resto de las partidas se retiran hacia el interior de la Quebrada, resueltos sus integrantes a ocupar sus antiguas posiciones”, finaliza Newton.
El Dr. Bernardo Frías, en su obra Historia del Gral. Güemes, T III, relata lo sucedido en Yavi el 15 de Noviembre: “Unos soldados que andaban recogiendo leña fueron tomados y uno solo que escapó llevó la alarma a Yavi. La sorpresa fue completa e inesperada; el pueblo fue envuelto en breves minutos. El campo inmediato, donde pastaba lo principal de los caballos de la división, fue tomado por la caballería de Marquiegui, mientras unos cien infantes hacían fuego desde la loma y otros iban a dar el asalto por el lado del río. Sólo una corta fuerza que acampaba fuera del poblado logró ganar un cerro inmediato e inició la resistencia, la misma que cargada poderosamente, fue dispersada si no pasada a cuchillo.
Dentro del recinto de la población todo fue confusión y desorden. Algunos oficiales querían organizar las tropas, más estas, sobrecogidas, sólo atinaban a huir de la desbandada. El infeliz Cala, que cayó prisionero, fue inmediatamente fusilado. Quesada fue tomado en la plaza, le dieron unos cuantos sablazos se rindió prisionero; corriendo igual suerte trescientos hombres de tropa. El marqués, más desgraciado que todos, oía en esos momentos misa. Sintiendo el tropel en la plaza, salió cuando el enemigo cargaba. El desventurado, que era corpulento y casi obeso, se hallaba a pié. Acierta en eso pasar don Bonifacio Ruiz montando en pelos un caballo flaco enfrenado; el marqués que lo ve, le suplica su consejo y protección, a lo que el generoso oficial cedió, dándole su caballo.
Cuesta al marqués cabalgar, aún con ayuda; mas una vez encima, ordena a Ruiz organizar la tropa, mientras tira él a ponerse a salvo. Pero el enemigo, entrando también por la parte del río en aquél momento, dilata el pánico; todos se creen cercados y tratan de huir cada uno como mejor puede. Todo quedaba así perdido. Ruiz, que era alto y flexible, alcanza al marqués y de un salto se le trepa a las ancas; pero viendo era imposible sostener al marqués en caballo sin silla ni estribos, toma una mula con la cual da, cambia el marqués de cabalgadura y acompañado de cuatro jinetes se cree a salvo. Mas siete enemigos lo cargan a caballo también; una zanja que se cruza en el paso detiene al marqués que titubea entre el golpe que le ofrecía el salto de la bestia y las garras de sus perseguidores. Sus compañeros lo instan; el tropel ya está encima; él es el único que queda en aquella banda. Al fin toma ánimo, se encomienda a Dios y afirma el acicate a la bestia. Salta la mula, arroja al marqués de la silla y cae éste en el fondo de la zanja, con lo que los enemigos logran darle alcance. Sujetan ante él sus caballos, le intiman rendición y el marqués, poniéndose de pie, se declara rendido. En sólo el corto espacio de media hora, todo quedó en poder de los españoles”.
En otro párrafo Frías expresa: “Desde el cuartel general de Humahuaca, temeroso Güemes de que el enemigo, aprovechando de su triunfo, pudiera avanzar sobre Salta, hacía publicar un bando por su delegado Quirós, para que preparara su emigración el vecindario, y aprovechando del caso, excitaba la firmeza y la confianza de su espíritu”.
Luego, respecto a la derrota del marqués, dice Frías: “Más de una vez hemos clasificado de desdichado al marqués de Yavi en esta última aventura de su vida, y ahora lo repetimos que así lo era, y sobre todas las desdichas; porque más le hubiera valido el haber quedado tendido entre los muertos, que haber caído en manos de sus enemigos, porque vinieron a ser para él ahora más que enemigos, sus verdugos.
Él y Quesada fueron conducidos a Tupiza, donde, como en Salta, los rodeó la misma mala opinión por lo del suceso. Pero el marqués, además, había sido oficial del ejército real, y estando a su servicio, se había pasado al nuestro, facilitándonos el triunfo en la acción de Salta; circunstancia por la cual se lo sometió a un consejo de guerra para ser juzgado. Sabiendo de su triste situación, sus amigos, los diputados peruanos en el Congreso, hicieron proposición para que el gobierno intercediera por su suerte, solicitando su canje; a lo que se observó que no podía usarse para con Campero este derecho de guerra, porque no era prisionero solamente, sino un pasado.
Conducido a Potosí logró fugar de su prisión y pasar algún tiempo oculto, más sin poder evadirse de la provincia por la suma vigilancia con que se cuidaron los caminos. Desengañado el marqués, optó por presentarse, y conducido a Lima, fue enseguida enviado a los calabozos de España. Las crueldades inhumanas de sus carceleros fueron tantas que aceleraron sus días, no hallando el marqués otro alivio para sus padecimientos que la muerte, la que lo sorprendió a mitad de su viaje, en Kingston de Jamaica, el 22 de Octubre de 1820, teniendo solamente 38 años”.
A través de Newton y de Frías se obtiene un esclarecedor relato de las circunstancias en las que el Marqués de Yavi fue apresado y de las razones por las cuales se convirtió en mártir de nuestra independencia. En un nuevo aniversario de su muerte, sean estas páginas un reconocimiento a su entrega.