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MERCEDES MOLINA Y AYALA
FUNDADORA DEL INSTITUTO MARIANA DE JESUS.-

Nació en la hacienda “El Guayabo” de propiedad de sus padres, jurisdicción de Baba, cuando ésta población formaba parte de la provincia de Guayaquil, posiblemente el 24 de septiembre de 1.828. Hija legítima de Miguel de Molina y Arbeláez y de Rosa de Ayala y Aguilar, propietarios cacaoteros de esa zona.

Huérfana de padre en 1.830, su madre le enseñó las primeras letras, a rezar y la doctrina cristiana; después aprendería las variadas manualidades a las que fue tan asidua. Era una niña alegre, comprensiva y de fuerte personalidad.

En 1.841 murió su madre y Mercedes heredó una huerta de cacao, veinte mil pesos y una casa en Guayaquil, siendo cortejada por un pariente al que no correspondió. Su hermana María le reclamó y Mercedes decidió marcharse a Guayaquil a vivir con su parienta Rosalía Aguirre de Olmos, quien no tenía hijos y la trataba con cariño y delicadeza.

En 1.850 arribaron los jesuítas y fue de las primeras en frecuentarlos tomando por confesor al Padre Luis Segura y cuando dos años después salieron para el destierro, los ayudó y sintió gran tristeza; después, supo que otra partida de jesuitas viajaba de Cuenca a Naranjal y fue a su encuentro, abrazándolos en la cuesta de Chalapud, donde el Padre Pablo de Blas le dio su bendición y derramó lágrimas de gratitud por la despedida. Ya para entonces Mercedes demostraba una fuerza de carácter poco común para su sexo.

En 1.857 su hermana María, casada con Ramón Vergara, se instaló en Guayaquil con sus hijos Virginia, Francisco, José y Rita, en una casa adquirida en la esquina de las calles Caridad y Cárcel, donde hoy se levanta el edificio del Hotel Continental y Mercedes decidió acompañarlos. Tenía casi treinta años y adoraba a sus sobrinos, especialmente a Virginia, con quien se llevaba bien en todo. Su hermana María era rumbosa y espléndida, estaba separada de su esposo que murió en 1.859 y gustaba recibir en casa. Mercedes, casi sin darse cuenta, empezó a imitarla, vistiendo con cierta elegancia. Su confesor era el Padre Pedro Pablo Carbó y la trataba como a señorita, con muchas consideraciones.

María acababa de adquirir la hacienda “El Balsillar” en Balao y allí se dieron hermosos paseos campestres de los que participó Mercedes; en uno de ellos tropezó su caballo y ella cayó al suelo, sufriendo la rotura de un brazo e intensos dolores. Durante la convalecencia leyó la vida de Mariana de Jesús del padre Jacinto Morán de Buitrón y un día se “quedó mirando fijamente al Crucifijo que tenía sobre el velador de su cama era herencia de sus padres y le pareció que el Cristo hubiera estado esperando desde hacía mucho tiempo su mirada de amor y de ternura”.

Este fue el comienzo de su conversión, a los treinta y un años de edad según lo asegura el Padre Hugo Vásquez y Almazán; entonces ofreció vestir el hábito mercedario y llevar una vida recogida y sinceramente piadosa, distribuyendo las horas del día en acciones espirituales especiales y haciendo ayuno y abstinencia; pero, al poco tiempo, un caballero empezó a cortejarla y con tanta insistencia que Mercedes terminó por aceptarlo y ya se rumoraba matrimonio, hasta que sintió que su destino era entregarse por entero a Dios y cortó esa relación para siempre, cambiándose a una pieza que existía al fondo de la casa y la más pobre de todas, donde vivió apartada del mundo, dedicada a la oración desde las tres de la mañana hasta las nueve de la noche, con ligeros intervalos para oír misa, comulgar, hablar con su confesor, hacer labores de mano, examen de conciencia, rezar el rosario y cenar, imitando a Mariana de Jesús hasta en las absurdas y masoquistas exageraciones de castigar su cuerpo con disciplinas; sin embargo, su confesor, el Padre Carbó, sólo lo permitía esto como excepción, de vez en cuando, pues los continuos ayunos la habían debilitado tanto, que permanecía como anonadada.

En 1.862 comenzó a perder los sentidos cuando oraba y hasta entraba en éxtasis después de comulgar. Un día vio que se despeñaba y que un sacerdote corría en su ayuda, reconociendo al Canónigo Vicente Pastor de la Torres, al que hizo su confesor, por cortos meses. El le permitió el uso indiscriminado de disciplinas. Mercedes empeoró.

En 1.863 vivía como fuera de sí y su fama de beata se extendió por toda la ciudad ocasionando los más variados comentarios. Guayaquil no había sido proclive a ese tipo de conductas por su clima caluroso y por la idiosincrasia de sus pobladores, que pasaban por ser los más liberales del país; sin embargo, desde la llegada de los jesuitas, había como un resurgir de la piedad y la beatería. Mercedes vestía de negro y de rodillas atravezaba la plaza de la Catedral diariamente, bien es verdad que eso lo hacía muy de madrugada para ir a la primera misa, cuando poquísimas personas transitaban por el lugar, pero como la ciudad era pequeña y todo el vecindario se conocía, sus rarezas pronto le dieron fama de rara.

Ese año pasó a ser dirigida por el Presbítero Amadeo Millán y de la Cuadra, quien gozaba de una merecida fama de santidad. Por su intermedio conoció a Narcisa Martillo Morán y quizá también a Jesús Caballero, con quienes compartió su casa, “ayudándose mutuamente en el camino de la cruz, pues llevaban sus cuerpos cubiertos de instrumentos de penitencia y en tiempos de la oración aumentaban todavía sus mortificaciones”, aunque esto no los sabían sino ellas y sus confesores, mostrándose al mundo casi en forma normal.

La casa de Mercedes fue llamada “casa de las beatas” o “de las santas” por el vulgo, pero ella no hacía caso de habladurías y cuidaba a sus sobrinos, especialmente a Virginia Vergara Molina, a quien modeló hasta hacer que renuncie al mundo entrando al Convenio de la Asunción de las Carmelitas descalzas de Cuenca, donde profesó de monja del velo negro.

Poco después el Padre Millán viajó por razones de salud a Babahoyo. Sus múltiples ayunos lo habían llevado a la tuberculosis y Mercedes pasó a ser dirigida por el Padre Domingo Bovo García, S.J. al que entregó la mayor parte de su dinero para la construcción de la iglesia de San José, repartiendo el resto entre los pobres.

Fuente: Diccionario Biográfico del Ecuador

Por: Rodolfo Pérez Pimentel.

Tomo IV, pág 280

http://www.diccionariobiograficoecuador.com/tomos/tomo4/m9.htm

 
     
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