| Las palabras ascendieron, una a una, los peldaños de madera,ordenadas y apacibles;determinantes primero, nombres y complementos, el verbo hecho carne y sus modificantes, los vocablos invariables, impasibles, cerraban el cortejo. ¡Abajo los delincuentes! ¡Mueran los maleantes! Los testigos, indignados ante los transgresores de normas y capirotes, gritaban enfebrecidos. Todavía humeaban las cenizas de los textos malditos. El silencio se hizo. (Atrás se oía un niño, “pues a mí me gustó, mamá”. “Calla, niño, le espetó la madre”). La cuchilla brilló con el último resplandor del sol vespertino. Y cayó, rotunda, convincente, como un puñetazo sobre la mesa de debate. Corrió la tinta roja frente a la mirada mórbida del foro expectante. Y al caer la estrofa en el cesto, lanzó un último guiño cómplice al chiquillo. ¡Bah! ¡Pobre ignorante!, pensó el populacho complacido. (Allons, enfants de la poésie, le jour de gloire est arrivé!) |