Artículos
Por Antonio Burgos - Agosto 2004
Rocío Jurado es operada. Antonio Burgos escribe....
YERBABUENA PARA ROCÍO
Espero que el que aquí empieza no sea un artículo, sino una medicina.
Tengo visto y demostrado que a veces los artículos son la mejor medicina. No digo que los tengan que despachar con receta en la botica, pero tienen a veces propiedades terapéuticas, quizá formando parte de esa medicina popular de la que todos tenemos conocimientos someros y que alivian los males con hierbas que están en la maceta de la terraza o con especias de un frasco de la cocina.
Yo una vez saqué de la UCI a un español ilustre con un artículo medicinal. Fue don Alvaro Domecq y Díez, el caballero jerezano, el rejoneador, el ganadero, el gran padre de familia y gran creyente. Le había dado a don Alvaro un disgusto ese fruto amargo que es el corazón y estaba en la UCI. Le dediqué un artículo en el que más que le deseaba, le ordenaba que saliera cuanto antes de allí, que donde lo esperábamos era en su finca de Los Alburejos, tentando eralas y con una copa de vino de Jerez en la mano, ese reloj de viña que en el estilo de Domecq marca siempre La Ina en punto.
Uno de los nietos rejoneadores de don Alvaro, no sé si Luis o Antonio, le leyeron aquel artículo al abuelo en la UCI y no sé de quién fue el prodigio, si de mis palabras o de la resistencia y ganas de vivir del caballero, pero la cuestión es que a las pocas horas le dieron el alta y volvió a su mundo de caballos, de toros, de campos, de bodegas y de nietos.
A ver si me acuerdo de la composición, acción, indicaciones, contraindicaciones y posología de aquel artículo para administrar según arte y del mismo modo otro con sus mismos agentes activos a Rocío Jurado.
Elogió el doctor Gregorio Marañón los poderes curativos de la palabra y espero que las que aquí escribo vuelvan a tener efectos terapéuticos sobre mi querida Rocío, sí, "la más grande", ¿pasa algo? No será tampoco la primera vez que unas palabras mías tengan efectos terapéuticos sobre la chipionera.

Atravesaba Rocío una mala racha de ánimo, una depresión de caballo, vamos, cuando inauguró en Sevilla el auditorio de la Expo del 92 con un memorable recital. Tuve la suerte de asistir a aquel concierto y lo comenté luego en un artículo. Dije ni más ni menos lo que sentía y sentimos mucho cuando escuchamos el prodigio de su voz, esa maravilla que va de la copla al flamenco, de la balada al musical de Broadway, de los temas clásicos de Falla al cancionero popular español.
Dije que no hay escenario por grande que sea que no se le quede pequeño a Rocío Jurado, que todo lo llena con su voz, con su presencia, con su delicadeza.
Con su poderío.

Esa es la palabra tópica, pero no se olvide que los tópicos resumen siempre una verdad, y Rocío rima con poderío. Poderío que se le vino arriba otra vez y mandó a freír espárragos a la maldita depresión cuando leyó el artículo que le dediqué a aquel concierto inolvidable.
Ahora no comento ningún concierto de Rocío Jurado. Bueno, sí, me corrijo a mí mismo. Quiero comentar el más definitivo concierto de su carrera, que es el canto a la vida que Rocío empieza a interpretar en estos días, y que nos tiene embelesados, oyéndolo, a todos los que la queremos porque la admiramos y la admiramos porque la queremos.
Rocío va a seguir cantando, pero ya mismo. Siempre tiene en las noches mágicas del verano de Cádiz un Teatro Pemán que la espera ritualmente para estar oyéndola hasta las claritas del día. En materia de juicios puede que haya en España muchos que no son partidarios del jurado, pero en canción no hay color: todos somos partidarios de La Jurado.
Rocío, venga, vuelve a cantar "qué no daría yo por empezar de nuevo". No puedes imaginarte lo que daríamos nosotros, los que te queremos, porque vuelvas cuanto antes a empezar de nuevo. Como empiezas de nuevo cada noche que cantas, donde sea, por pequeño que sea el pueblo. La dimensión de los grandes es que todo cuanto hacen lo abordan con el apasionamiento mismo del primer día.
He oído a Rocío cantar en Los Angeles y en Miami, en Madrid y en Sevilla, en Utrera y en Dos Hermanas, y en todas partes ha cantado con una perfección de Carnegie Hall y con la ilusión de aquella chiquilla de Chipiona que cantaba en el coro de la parroquia y quería ser artista.
Horas antes de entrar en el quirófano, Rocío Jurado tuvo la deferencia de llamarme por teléfono para felicitarme por mi regreso como articulista a ABC. Nunca la oí más llena de vida. Tanto, que en cuanto lea este artículo sé que va a mandar a la clínica a freír espárragos y va a volver a la yerbabuena de la vida. "Que tenemos que hacer mi libro", me dijo. Claro que lo vamos a hacer, Rocío, y cuanto antes. Un libro como el de Curro Romero y el de Juanito Valderrama o más gordo todavía, es el que tu arte y tu condición se merecen. Vamos a hacer ese libro, Rocío Jurado, porque tú a la vida siempre le pones ese amor y ese arte que trasminan a yerbabuena.
Rocío Jurado sale del hospital. Antonio Burgos escribe......
A ROCÍO, EN EL DÍA DE LA BULERÍA
Me ha dicho la luna que es una paloma brava que abrazó mundos enteros con los vientos de sus alas. Como una ola. Pero no una ola cualquiera. Una ola de la mar de Chipiona que besa con su espuma los bajos de Salmedina, por Zalabar, para poner más alto el faro de la Niña de los Peines, a fin de que alumbre a los vapores y no se pierdan los barcos ni el paso de la Virgen de Regla, que cuando llega ante su casa la mañana septembrina de vendimia de moscatel y olor a lagar antiguo sabe que allí sigue estando la niña que le cantaba el «Salve, Madre» en el coro de la parroquia.
Es un rojo, rojo clavel, un clavel tan encendío que hasta al fuego lo quema cuando, oro y plata, sangre y sol, el gentío y el clamor la escucha preguntarse qué no daría por empezar de nuevo a pasear la arena de la playa. Pues te lo diré, niña guapa de Chipiona: darías otra vez un beso en forma de quejido del mar cuando el sol se mete en nuestra Caleta para dejar su moneda de oro en la alcancía del horizonte. En estas tierras fenicias de la bahía, con un filósofo griego de la mano, Picoco mismo, o El Choni, se puede uno bañar dos veces en el mismo río y pasear mil veces por las mismas arenas de la misma playa.
La Virgen de Regla, tu Yemayá cristiana y negra, suele hacer estos milagros. Que tú estás preguntando qué no darías por empezar de nuevo y por pasear la arena de esa playa, cuando de pronto te encuentras paseando por ella de la mano de José. Y allí, mire usted por dónde, señora, quien estaba era, amante amigo, amor amigo, Ortega Cano en la arena, canela fina. La yerbabuena cómo trasmina amores, familia, hijos, nietos, serenidad, alegría. Arte. La yerbabuena y el nopal. Y el flamboyán. Y la viña de aquel pueblo donde una niña que cantaba en el coro de la parroquia quería ser artista.
Es de luna blanca y señora, siempre señora. La más grande, desde luego. Pero también la más honda. La más larga. La más completa, de Pastora Pavón a Mahalia Jackson, de Pastora Imperio a Edit Piaf, y tiro porque me toca, porque nos toca saber que es un prodigio de compás, sobrada; que tiene en la garganta una fábrica de caramelos de malvavisco. Y si es en el corazón, ay, en el corazón, amigo, amor. Como ella ama a su gente, a su pueblo andaluz, a su tierra, nadie las amará.
Rocío se encuentra ahora, como cada noche de auditorio de Azabache o de Teatro Pemán de Cádiz, exactamente en el punto de partida.
El tango, tarango y tango del zaratán le ha dado una corná con sus cinco toritos negros. Pero ahí está, nunca es tarde para vivir, señora: otra vez en la arena de la playa, dispuesta a la lucha, lucha, lucha, hermana, en la batalla de nuestra hora, porque la está ayudando a caminar su Dios, que la conoce de sobra y es paisano, porque es exactamente el Hijo de la Virgen de Regla. Que le quiten lo cantao a Rocío.
Que puede, que ha podido, que va a poder con el maldito zaratán del tango, tarango y tango, como pudo Cristina Hoyos. Como pueden y han podido y podrán tantas y tantas mujeres. Venga, Rocío, te cambio tu tristeza del otro día, cuando hablamos por teléfono, por una guaracha nueva, como la que diste ayer a España entera con el ejemplo de tus ganas de vivir. Tu primo Manolito dirá que vas a Houston y eso de Houston, ¿qué es?; total, lo mismo que el ambulatorio de Chipiona, sólo que más lejos, pero hablando como los americanos de la base de donde te sacaban las rebequitas de náilon cuando querías ser artista. Venga, Rocío, déjala correr. A la tristeza. Que hoy sí que es el día de la bulería. Nunca se rompen ni la vida ni el amor de tanto usarlos. Venga, niña, poderío. Siempre es el día de la bulería.
CONTINUA