| «Haz bien a tu siervo: viviré y cumpliré tus palabras; ábreme los ojos y contemplaré las maravillas de tu voluntad; soy un forastero en la tierra: no me ocultes tus promesas» (Sal 119, 17-19). La predicción del futuro ha sido siempre una preocupación habitual, practicada con los más diversos métodos: sueños, bolas de cristal, hojas de té y palmas de las manos. En casi todos los casos, los adivinos sugestionan y predisponen a la persona con sus proposiciones, para que ocurra lo que dicen, sobre todo, cuando son de carácter débil y con problemas emocionales. Lo más curioso es que los que se dicen ateos, son los más grandes supersticiosos. Nostradamus es mencionado con cierta periodicidad, como ejemplo de capacidad extraordinaria para predecir el futuro próximo y lejano. Maestro de videntes, a él se han dedicado libros, artículos e incluso una película. Médico, astrólogo y adivino francés, su nombre verdadero era Michel de Notredame. En pinturas de la época, se lo representa con el birrete de cuatro puntas sobre su cabeza, que lejos de conectarle con un conocimiento oculto como se escucha frecuentemente, era tan sólo una identificación de su profesión médica. Por problemas familiares, también estudió en bibliografías astrológicas y adivinatorias, y escribió un trabajo denominado «Profecías», cuya primera edición, que incluía las «Siete Centurias», vio la luz en el año 1555. Su fama se debe no a sus dotes adivinatorias, sino a la ignorancia y fanatismo de sus contemporáneos, pues, lamentablemente, siempre los hay en todas las épocas. Esto está en el campo de las probabilidades con afirmaciones ambiguas, que dejan la puerta abierta a cualquier interpretación. Como ejercicio, analicemos cualquiera de sus profecías: «En la Ciudad de Dios habrá un gran trueno. Dos hermanos separados por el Caos, mientras la fortaleza soporta, el gran líder sucumbirá». Por ejemplo, ¿que Ciudad de Dios podría ser? La Meca, Medina, Roma, Jerusalén, o cualquier otra ciudad santa que dependen de su religión. ¿Qué quiere decir por el trueno, una tormenta? ¿La guerra? ¿El terremoto? Los muchos materiales pueden ser descritos por el trueno. Hay muchos millones de hermanos en este mundo. Y en cuanto a la fortaleza, ¿se refiere al hambre? ¿Qué «Gran Líder» se alude? ¿Cómo sucumbirá? ¿Y eso qué? Dejemos esta «profecía» descansar durante algunos años en los cuales se pueden elaborar otras tantas. Una de ellas encajará con alguno de los eventos que sucedan en el futuro, lo que daría la impresión de que la profecía parece hacerse realidad. De este modo, se podrían hacer predicciones todos los años, aunque los afectos a estas cosas prefieren que sea en los que terminen con algún número cabalístico: 3, 6, 9, etc. Se pueden hacer conjeturas suficientes para hacer creer a las personas que realmente se puede predecir el futuro. Así, los «Cuartetos» simplemente se examinan a través de la historia, hasta que se encuentre un evento con el que parezca encajar. Aún en vida, las predicciones de Nostradamus no fueron acertadas. Dijo que Eduardo VI de Inglaterra viviría cincuenta y cinco años, tres meses y diecisiete días… pero sólo vivió quince años. Pero sí aumentó sus ingresos personales, y lo único que consiguieron sus clientes fue, como mínimo, perder dinero, y como máximo, haber perdido la facultad de ser creativos y libres. En un almanaque, especialmente concebido con ese fin, el vidente y astrólogo señaló como fecha de su muerte el mes de noviembre de 1567. Murió diecisiete meses antes… Nostradamus no es un santo. Sólo ellos son profetas confiables que hablan en nombre de Dios. Los falsos profetas hablan movidos por otros intereses. Con las comunicaciones modernas, las farsas sólo tardan unas horas para propagarse por todo el mundo. Y de hecho se han propagado así citas de Nostradamus que aparentan referirse, con impresionante precisión, al acto terrorista del 11 de septiembre en Nueva York. Sólo que el mensaje en cuestión no aparece en ninguno de los escritos. Y apenas ocurridos los trágicos hechos del pasado 1 de febrero de 2003, donde perdieron la vida siete astronautas de la misión espacial en el transbodador Columbia, surgieron los primeros rumores de una antigua profecía, pero, de igual modo, sólo conjeturas. ¡Qué pena que no pongamos esa atención en conocer la palabra de Dios! Conviene señalar las principales características de un verdadero profeta. La Señal del verdadero Profeta es la de Jonás, es decir la predicación de la palabra de Dios «porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás» (Mt 12, 41; cf. Jon 1, 1-3). El verdadero profeta interpreta los signos de los tiempos y su entorno para dar una respuesta, buscando soluciones. Dios lo escoge, no él a Dios: «Y llamó Yahvé como las veces ante-riores: “¡Samuel, Samuel!” Respondió Samuel: “Habla que tu siervo escucha”» (1 S 3, 10). Confía en el Señor: «Te harán la guerra mas no podrán contigo, pues contigo estoy yo –oráculo de Yahvé– para salvarte» (Jer 1, 19). Es enviado por Dios y le obedece, no trabaja por su cuenta. «Pues adondequiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás» (Jer 1, 7.). Es enviado para una misión especial: hacer que el hombre se arrepienta y vuelva a Dios. «Yo te envío a los israelitas, a la nación de los rebeldes» (Ez 2, 3). Por cumplir su voluntad es perseguido y despreciado: «Escuchaba las calumnias de la turba: “¡Terror por doquier! ¡Denúncienle! ¡Denúncienle! ¡Haber si se distrae, y le prenderemos y tomaremos venganza de él¡”» (Jer 20, 10). El verdadero profeta escucha y obedece la voz de Dios para anunciar lo que Él mismo le ordena, porque es un instrumento dócil en sus manos: «Así dice el Señor Yahvé a Edom: “Una Nueva he oído de parte de Yahvé, un mensajero ha sido enviado entre las naciones”» (Abd 1). Este hombre de Dios posee una relación tan estrecha con Él, que sus oraciones son escuchadas y puede obrar los mayores milagros: «Yahvé escuchó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él y revivió» (1 R 17, 22). Así como amonesta al pueblo, también anuncia la esperanza del gran amor que Dios le tiene: «A anunciar la Buena Nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad» (Is 61, 1). No busca intereses personales, curiosidades vanas o caprichos: «“¿A quién enviaré? ¿Quién irá de parte nuestra? Dije: “Heme aquí: envíame”» (Is 6, 8). El Profeta de Dios no se mueve por motivos económicos como la casi totalidad de los adivinos. Si no se cumplen estas características, entonces se trata de un falso profeta…«Guárdense de los falsos profetas que vienen a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conocerán» (Mt 7, 15-16). La verdadera Revelación se encuentra en la Biblia, cuya expresión plena y total es Cristo; Él es quien nos presenta al Padre, y ya no podemos esperar otra revelación porque en Él «Todo está cumplido» (Jn 19, 30). Lamentablemente, a muchas personas les gusta confiar en la emoción y superstición en lugar de la lógica y el sentido común, poniendo su confianza en personas u objetos y no en la palabra de Dios que es «viva y eficaz» (Heb 4, 12). Dios nunca ha dejado a la humanidad sin auténticos profetas, que remueven y cambian el rumbo de la historia: Santa Teresita del Niño Jesús, Edith Stein, San Maximiliano Kolbe, Juan Pablo II, la madre Teresa de Calcuta, Mons. Oscar Romero, etc. A ellos, por cierto, sólo se les cita en momentos emotivos, pero a sus vidas y a sus escritos, no se les hace caso. Todo cristiano está llamado a ser profeta por su Bautismo con su testimonio de vida, pues «el Reino de los Cielos ha llegado» (Mt 4, 17). «Dios se manifiesta a los hombres a través de la predicación y del testimonio; por eso necesitamos tener actitudes auténticamente cristianas» (Czos I, 612).
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