

LOS SANTOS SON TODAS AQUELLAS PERSONAS QUE SU VIDA LA DEDICARON AL SERVICIO DEL SEÑOR, VIVIENDO COMO DICIPULOS DE CRISTO, ELLOS ESTAN GOZANDO DE LA GLORIA DE DIOS COMO TODOS NUESTROS DIFUNTOS, SOLO QUE CON LA DIFERENCIA QUE ELLOS TIENEN UN GRADO MAS ALTO AL PROCLAMARLOS SANTOS LA IGLESIA CATOLICA.
EXISTEN 2 CLASES DE SANTOS, LOS RECONOCIDOS OFICIALMENTE POR LA IGLESIA Y LOS QUE POR IGNORAR SUS VIDAS LA IGLESIA NO LOS CANONIZA.
EL HOMENAJE QUE SE RINDE A LOS SANTOS ES DE VENERACION O DE RES PETO, NUNCA DE ADORACION, LOS SANTOS SON UN EJEMPLO A SEGUIR, POR ESO ES NECESARIO CONOCER LA VIDA DE ALGUNOS DE ELLOS COMO LO NAREMOS MAS ADELANTE EN ESTE GRUPO.
DANIEL ARTURO GUZMAN URIBE

¿QUIÉNES SON LOS SANTOS?
En la Sagrada Escritura encontramos el sentido de la palabra «santos» al referirse a las personas servidoras de Dios que habían aceptado en su vida a Cristo (Hch 9, 32. 41; 1 Cor 1, 2; Flp 1, 1). Asi podemos nosotros definir simplemente a un santo como una persona que se esfuerza en vivir con Cristo siempre con mayor empeño. San Pablo al inicio de sus cartas se dirigia asi a sus fieles que con el esfuerzo cotidiano de sus oraciones y trabajos trataban de ser más perfectos en su entrega a Dios.
Asi pues, los santos no son ni unos iluminados, ni ángeles bajados del cielo, sino hombres de carne y hueso que, con sus defectos y virtudes e independientemente de su estado o régimen de vida viven plenamente el llamado de Cristo a la perfección.
Entre la gran multitud de santos que ha habido a lo largo de la historia, la Iglesia a señalado unos pocos que por ser particularmente agradables a Dios son modelo de caridad y virtud. El concilio Vaticano II subraya que los santos «son dignos de recibir culto por ser ejemplos de vida típica cristiana y por ser principalmente aceptables a Dios por su íntima unión con Cristo y conformidad a su voluntad» (LG 50).
Como consecuencia de su amistad profunda con Cristo la intercesión de los santos por nosotros es muy eficaz. Los hermanos protestantes piensan que no es según la Biblia recurrir a Dios por medio de otros, afirman que ha Dios solamente se puede llegar por medio de Cristo que es el único Mediador (1Tm 2 ,5). No hay ninguna duda al respecto, Cristo es el único Mediador, lo que la Iglesia católica añade es que los santos no son otros mediadores distintos de Cristo, sino extensiones de su misma misión.
En los Hechos de los Apóstoles vemos muchos casos en los cuales Dios no actúa directamente, sino que se vale de sus siervos los santos. Recordemos como Saulo recobró la vista por medio de Ananías, un hombre santo, y no directamente por Cristo con quien se había encontrado (Hch 9, 19).
Muchos enfermos fueron sanados por los apóstoles y aun cuando Cristo estaba con ellos no se dirijgían directamente a Él, no obstante recibían las gracias deseadas «...tanto que sacaban a los enfermos a las calles en camas y camillas, para que cuando Pedro pasara, al menos, su sombra cubriera algunos de ellos. Acudía mucha gente, aun de las ciudades vecinas a Jerusalén, trayendo enfermos y atormentados por espíritus malos, y todos quedaban sanos» (Hch 5, 15- 16). Dios no tiene celos de sus siervos, sino que por medio de los milagros y favores que realiza a través de ellos manifiesta que su vida le es muy agradable. Es en los humildes donde resplandece la gloria y la grandeza de Dios.
Otro concepto importante en cuanto a nuestra devoción a los santos, es la comunión que establecemos con ellos en la Iglesia. Todos los cristianos somos hijos de Dios y formamos una familia. La vida de cada uno de nosotros está ligada admirablemente a Cristo y a los santos en virtud de nuestro Bautismo.
Por lo mismo, hay un constante vínculo de amor que ni la muerte puede romper. La vida santa de estos hombres aprovecha a toda la Iglesia; ellos son nuestros amigos que constantemente abogan por nosotros. Santa Teresita del Niño Jesús quiso que en el epitafio de su tumba dijera: «Sean perfectos como es perfecto su Padre que está en el cielo» (Mt 5, 48). Ellos con su testimonio y su palabra animan a toda la Iglesia a tener la santidad como la exigencia primordial de la vida cristiana. La madre Teresa de Calcuta, una santa de nuestros días, nos exhorta: «La santidad no es un lujo de unos pocos, sino deber de todos».
Dejemos atrás la imagen sufriente y aburrida que tenemos de los santos; el santo es por excelencia el bienaventurado que está dispuesto a todo con tal de ganar a Cristo. San Agustín al escuchar los testimonios de los mártires se repetía a sí mismo: «Si este y este otro pudieron, ¿por qué yo no?
Tenemos en la Iglesia modelos de santidad para todos los niveles y estados de vida para no pensar que para hacerse santos es necesario entrar a algún convento. Todos los laicos están igualmente llamados a la santidad. Santa Brígida y Santo Tómas Moro lograron en su propia condición de laicos la más alta perfección cristiana.
La devoción a los santos no consiste, como sucede en nuestros pueblos, en derrochar dinero y esfuerzo, en una fiesta pagana y superficial, sino en un compromiso serio por imitar sus virtudes. Imitar no quiere decir copiar, sino inspirarnos en lo que ellos han hecho para animar nuestra propia vida espiritual. Las lecturas de la vida de los santos, recurrir a su intercesión y divulgar su conocimiento son expresión de una buena devoción. Quien apele o contradiga la devoción que los católicos tenemos a los santos construirá una Iglesia fría y sin testimonio de vida. Recordemos que el cristianismo desde sus primeros siglos guardó en su memoria a los mártires y a los confesores como ejemplos conmovedores para todos los tiempos.
Todos estamos igualmente exigidos a la santidad. Los obispos cumpliendo con empuje, humildad y fortaleza su ministerio; orando santificando y predicando, no temiendo dar la vida por sus ovejas. El presbítero tiene que santificarse orando y ofreciendo el sacrificio de la Santa Misa por el pueblo cada día con mayor celo por la salvación de las almas. Los religiosos igualmente han sentido el llamado de Dios a una vida más radical de perfección. Los laicos, sea cual fuere su actividad, o situación temporal están llamados a servir a Dios y a anunciar el Evangelio. No son cristianos de segunda clase, sino los responsables de la evangelización en el mundo actual.
Pongamos un ejemplo: Para circular por una autopista es necesario alcanzar cierta velocidad, por ejemplo 100 km. por hora y con un vehículo en buenas condiciones. ¿Qué pasaría si yo me decido a tomar la autopista trayendo como vehículo un carrito jalado por mulas? Imagínense el embotellamiento que que ocasionaría, sin querer hablar de los destrozos y accidentes. La gente me gritaría enfurecida: ¿Cómo se atreve este imprudente a circular por esta autopista de alta velocidad? ¡Y con esa clase de vehículo! Así pues, el hombre que, llamándose cristiano no se fija como exigencia la meta de la santidad, ocasiona embotellamientos, estropea el camino y, lo que es peor, impide el paso a otros que quieren alcanzar la meta. Ya comprendemos entonces por qué las cosas de nuestro mundo andan como andan pues, los que debemos dar testimonio de Cristo y su Evangelio no lo hacemos.
"Carlos Eduardo Rendón Vizcarra"
