SOY UN DOBLÓN...
La mañana se había levantado apacible. Como venía siendo habitual a mi alrededor comenzaban a vislumbrarse mis compañeros de mil batallas, y sólo una definitiva, la que nos mandó a todos al fondo de esta apacible bahía. Dos o tres veces tuve que abrir los ojos porque el sonido chirriante de dos buques de pesca me había despertado. A mi derecha dormían aún plácidamente un nutrido grupo de reales de vellón, en cuyas caras posteriores ya se empezaban a distinguir pequeños corpúsculos de líquenes. A la izquierda era agradable contemplar los cientos de recipientes resquebrajados y muchos podridos, que me acompañaban antaño en el viaje de vuelta. Era un mañana como otra cualquiera, incluso por el sonido lejano de pequeñas embarcaciones que merodeaban nuestras cabezas, los bancos de pequeños peces que nos esquivaban o el resplandor de los demás compañeros que asomaban, algunos, por la fina arena del fondo.
Al tiempo que iba subiendo el astro sol iba bajando las sombras de nuestros cantos, sutilmente adornados por una cuerdecilla fina. De los demás no se muy bien lo que decían, pero de mí me encantaba escucharlos como decían que era de a ocho la onza con un valor de ocho escudos. Sonaba a pura melodía. Ahora ya, después de tanto tiempo tras la tormenta, ya no se oye a nadie más que a mis compañeras resonar alguna ve con el movimiento de las corrientes. Es curioso como se desenvuelven los de arriba. Resulta que nos trasladaron junto a muchas más en diferentes buques, saliendo a toda prisa de aquellas tierras cálidas, y mucho más húmedas que las que nos esperaban, y cuando los elementos nos llevan a este fondo nadie se preocupa de nosotras. No lo entiendo, ni los cincuentines que veo desde aquí tampoco. Imagino que los escudos que aguardan detrás de aquel risco tampoco lo comprenderán, pero ¡qué más da!. Imagino que pensaran que no somos más que un estorbo, una inutileza chapada en estos colores tan brillantes, y por los que antaño se mataban unos a otros. ¡Qué más le daremos a los que se encuentran a poco más de una milla de nosotros!
Algo inusual me había distraído. De pronto se hizo una oscuridad tan profunda que incluso las meallas había dejado de brillar. Dispuse a mi cruz a mirar hacia la superficie cuando me percaté de que un gran buque estaba faenando junto encima de nosotros. ¡Menuda embarcación! Apenas sí se podía ver el extremo de la quilla. Al poco pude observar como también dejaba caer pequeños pesos al agua que con el hundir paulatino iban dejando un cabo de unión con los extremos de la nave. Eran como cubos cuadrados en los que se apreciaban luces muy enjutas, con cristales circulares que no paraban de enfocarnos... ¡Curioso!, pensaba yo y mi cuño. Al poco tiempo algo me estremeció. Un sonido burbujeante rondaba mi parte posterior. Junto a mí se perfilaba una figura humana toda de negro, y por fin mis compañeros y yo pensamos: ¡vaya, los de aquí enfrente se han dignado a buscarnos! Cerré los ojos.....
Fuera. Estábamos en la proa de lo que no se parecía en nada a los galeones que recordaba y.... en ese momento también me di cuenta de que la bandera a bandas rojas y amarilla en el centro se había cambiado por una mucho más hortera, de bandas rojas y blancas y un buen grupo de estrellas. “¡Pues sí que le tienen aprecio a su bandera, que ya la han cambiado!”, decían los cospeles dorados mientras resonaban aleluyas y hurras en la tripulación. No era de extrañar, ya que nos habían sacado a todos, incluso a jarrones, espejos, mesitas y joyas varias del fondo en tan solo dos días. Habían trabajado incluso de noche. Eso es tesón, aunque habida cuenta que nos tenían a pocas millas, ya podrían haberse dado mas prisa. Yo seguía extrañado en el idioma empleado por esos marineros –si es que se les podía llamar así- ya que no se parecía en nada al idioma usado por nuestros antiguos dueños. Claro está que tampoco se parecían las vestimentas, los cortes de pelo ni las armas. Había pasado mucho tiempo y es normal que las cosas cambiasen. Aún así me pareció bonito el nombre del galeón nuevo, “Odyssey”. Es posible que se cansaran de llamarlo “Cisne Negro”, y por eso lo han llamado de esa otra forma. De todas formas, ¿por qué han cambiado de bandera?..
Con el paso del tiempo los síntomas de alegría iban en aumento por parte de esta curiosa tripulación. Tanto yo como el resto de mis compañeros doblones nos encontrábamos muy a gusto en unas superficies blandas. De todas formas, yo aún seguia esperando escuchar esa comparsa con la que me identificaban, ese “ocho la onza con un valor de ocho escudos”. La verdad es que es lo que más deseaba escuchar, la impronta de quienes me había forjado o la razón de mi ser, de mi valor. Aún seguía pensando en por qué habían tardado tanto en rescatarnos y tras haberlo hecho, por que ese fervor por escondernos en estos continentes tan fríos. Por un momento pensé que nos movíamos pero no, eran las olas del mar mezcladas con las olas de un líquido embotellado que empezaban a descorchar y a beber. El estruendo de felicidad se rompió de pronto. Todos empezaron a correr por la popa y a salir por las escotillas mientras nos escondían bajo unos armarios. “No entiendo nada”, nos decíamos unos a otros, debidamente guardados y organizados en cajas. Ya no vimos nada, pero sí que oímos una sonido, como una trompeta prolongada acompañada de unas voces qué sí me recordaban a tiempos pasados, un idioma diferente. Pasó el tiempo muy despacio...
Debió pasar una eternidad, o al menos, eso me pareció a mí, hasta que nos sacaron de ese mohíno escondrijo. Nosotros seguíamos aún en este barco cuya bandera me recordaba un corta y pega apresurado. Por fin vimos la luz del sol, la mar y a una embarcación que se alejaba de la nuestra..... ¡cuya bandera era como había recordado, roja en dos bandas con una amarilla en el centro! Pero esa bandera se alejaba de nosotros, ¿qué había pasado? En ese momento me percaté de lo cerca que estábamos de tierra, a poco menos de quince millas. Nuestro barco, en ese preciso momento, comenzaba a andar en dirección opuesta a la costa, mar adentro, hacia otra tierra o hacia la tierra de estas gentes que.... no eran las que nos trajeron, no eran nuestras dueñas.
De todas formas, caímos en la cuenta los demás doblones y yo, de que debíamos valer muy poco o no le importábamos en absoluto a los habitantes de tan cercana tierra. Marchábamos hacia otro lugar porque a los de las bandas rojas y amarilla preferían, a lo mejor, otras cosas más importantes. Pues que así sea. Deben de ser muy ricos o muy estúpidos para permitir que estos marineros se nos lleven. Allá ellos...
Firmado:
Un Doblón de la Bahía de Cádiz.