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 Irely Martínez con Alfredo Villanueva Collado en la Presentación del Poemario PAN ERRANTE del Poeta Puertorriqueño, en NY.

EL PAN ERRANTE DE ALFREDO VILLANUEVA-COLLADO

Alejandro Varderi

          En la nota introductoria a Pan errante, Alfredo Villanueva-Collado cita, entre otras figuras, la de Hermes, dios que calzaba sandalias aladas, padre de Pan y acompañante de almas. Para su hijo inventó la flauta y le otorgó el don de perseguir a ninfas y muchachos con igual pasión, haciendo de él -nos indica el autor- "un cuerpo escrito hasta en las esquinas/ por la violencia del amor incesante" (90). Sensualista de la piel, sátiro de la carne y de los vocablos, al igual que Arenas y Sarduy también Villanueva cultiva con idéntica pasión ambos cuerpos: el del lenguaje y el del cuerpo mismo. Pan del cuerpo entonces; cuerpo de Pan y del pan "para ser ofrecido a quien sed y hambre tenga" (91), en una promiscuidad de signos y humores pasando, como hostia, de boca en boca. Errante, como el del dios, su lenguaje trepa y sabe ocultarse para observar, sin ser visto, al objeto de su deseo, o dormir la siesta en las horas calurosas del mediodía, "absorto en el juego del placer y la muerte" (91). Y, como las divinidades de la antigüedad, también el autor deja escritas las instrucciones para que dispongan del suyo: "Estén seguros de que entre sus brazos/ duerme el anciano oso de peluche/ que no puede ser botado a la basura./ No importa la ropa que le pongan,/ aunque siempre blanco y rojo le atrajeron./ Si no quieren que en las sombras les persiga/ amortájenlo con las mariposas/ que su madre amorosa le cosiera/ en una colcha. Y entréguenlo al fuego". (13)

          En el prólogo a Entre la inocencia y la manzana (1996), Villanueva ya apuntaba "que no hay verdadera distinción entre el deseo y la muerte, que la palabra surge del cuerpo" (11-12); y entendía la escritura como "el deseo liberado de toda regla, pero sometido a una férrea autodisciplina" (12). Escritura entonces que no le teme a la vida pero tampoco se abandona a ella; y como la barthesiana está condenada "a errar hasta la muerte, de amor en amor", renaciendo pero también fracasando. Pues sólo en el fracaso -al decir de María Fernanda Palacios- "se rompe el decoro, la compostura y surge el fondo inconveniente de lo vivo.... se toca la escasez del cuerpo, lo provisorio del deseo": "Cae el vidrio como meteorito./ Abre un cráter inundado de sangre. Cubre la tierra de frondosos espinos./ Corta la piel con navajas de agua./ Y nada duele, excepto tu radiancia./ El nuevo amanecer con algo menos/ que nunca más, que nunca más se recupera/ por las tolvaneras del recuerdo." (14)

          Desde estas certezas el autor escribe y se escribe. Certeza del dolor, la enfermedad, la ausencia del otro y los otros. Instante cuando desaparece el espejismo del orden y las reglas, lo apremiante del rigor académico, y surge el poema puesto a desplazarse de uno a otro deseo, contando sólo con la duda, y el recuerdo de lo vivido y perdido. Ello conlleva abrirse a la errancia en su doble acepción, es decir, al vagabundeo y al equívoco; cual directrices de esta poesía dable de espejear los mitos y la historia, la literatura y la música, el arte y el sexo, los objetos-fetiche dentro de la casa y en la intemperie de afuera.

          Errando y errando, Alfredo Villanueva pasa revista a su existencia, devolviéndose a los países y afectos que han sostenido su trayectoria. Es así como "nueva york en primavera" (19), Puerto Rico, "una isla vagando entre dos aguas excluyentes/ y tierra firme," (60), Caracas por las esquinas de "Peligro a Pelelojo, Candilito a Avilanes," 63), territorializan la memoria que el deseo desterritorializa. Siempre desde la frontera, el autor oscila entre una y otra geografía, y reflexiona sobre el crisol de lenguas y culturas que configuran su imaginario. En cada una, familiares, "parentela invisible de monedas y violines," (16), amantes "que en la noche se vuelcan/ hacia un más que breve roce compañero," (22), amigos de "voces electrónicas" (55) pueblan su olimpo particular.

          Fiel a la conciencia del mestizaje del doble cuerpo, que con los modernistas empieza a funcionar entre nosotros, Pan errante hereda su lucha contra la adversidad personal y la alienación impuesta por los imperialismos territoriales e ideológicos; lo que Guillermo Sucre ha definido, a propósito de Darío y Martí, como "una manera de enfrentarse a la fatalidad y de rescatarse de la enajenación histórica". Ello, no obstante, sin sacrificar la sutileza y la ironía, ni entregarse a un pesimismo estéril: "Agradezco la Callas, el piano, el tango y el bolero;/ los aromas prestando su sombra al Mapocho;/ el que el Alambra no sea un estacionamiento;/ la casta, que no se puede comprar con tarjeta./ Agradezco el buen cine sin señoras reumáticas;/ las manos hacendosas que me hacen las arepas;/ el haber sido amado al revés y al derecho;/ seguir sobreviviendo sin perder la chaveta." (84)

          Sobrevivir en la escritura también significa existir por encima de nuestras miserias, de nuestra pobreza, a pesar de que deban estar ahí; pues la literatura debe ser un proyecto de permanencia y resistencia, para que una paciencia activa y solitaria transforme, a través de la memoria, tal estrechez en canto. Ya lo dijo Rilke: "sólo cuando los recuerdos se hacen sangre, mirada y gesto en nosotros; cuando ya no tienen nombre y no se distinguen de nosotros mismos, sólo entonces puede suceder que en el centro de ellos, en una hora extraña, se origine y desde allí se eleve, la primera palabra de un poema". Pan errante ha logrado, exitosamente, hacer del despojo celebración; y ello ciertamente es, en sí mismo, una gran victoria contra el deterioro y la aniquilación.

Se puede ordenar de www.eltallerdelpoeta,com.  El costo encluye envío.


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