 Las hadas son seres femeninos y su tamaño varía. Los animales pueden verlas pero los humanos no, excepto en la Noche de San Juan, si hay luna llena, y entonces se las puede ver bailando; en el caso de que estas sobrenaturales criaturas sorprendan a un humano mirándolas, pueden hechizarlo. Sin embargo, cuando ellas lo desean, utilizan su glamour (cualidad innata y exclusiva de las hadas que les permite cambiar de aspecto, cautivar a los mortales y conceder dones) para dejarse ver. Son muy curiosas, sensibles y se enfadan con facilidad, por lo que hay que tratarlas con mucho tacto y delicadeza. No hay hadas malas y buenas, sino que cambian de carácter, como todo el mundo, aunque, en general, son amables, simpáticas y muy divertidas. Su mayor maldad es robar a un niño recién nacido de su cuna y reemplazarlo por otro o dejar en su lugar alguna muestra de que han sido ellas; esto lo hacen cuando creen que han recibido un agravio, dada su sensibilidad. Hay hadas que viven solas, y gregarias que lo hacen en una comunidad dirigida por la reina. La sociedad total de las hadas está regida por la reina suprema, Titania, estricta, justa y bellísima, y el príncipe Oberón, compasivo, pendenciero y muy enamoradizo; como se trata de una sociedad matriarcal, Oberón es un príncipe consorte. La función primitiva de las hadas era aparecer en la casa donde iba a tener lugar un nacimiento para proteger a la parturienta y regalar un don al recién nacido, pero si no recibían un trato amable, se ofendían y entonces maldecían a la familia. Con el paso del tiempo fueron interviniendo cada vez más en los asuntos humanos.
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