Los Consejos Evangelicos
Resurrección de Lazaro
En cierta ocasión se acercó a Jesús un joven, y arrodillándose ante El le dijo: Maestro bueno, ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?. El Señor le respondió: "Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos: no matarás, no cometerás deshonestidades, no hurtarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre y ama al prójimo como a ti mismo". Dijo el joven: "Todo esto lo he guardado desde mi juventud, ¿qué me resta aún?". Entonces el Señor miró amorosamente al joven y añadió: "Si quieres ser perfecto, vende cuando tienes, dalo a los pobres y ven y sígueme" (San Mateo 19, 16-22).
Los mandamientos son el camino del cielo; camino necesario y único. Para entrar en la vida eterna es absolutamente preciso guardar los mandamientos. Es la ley de Dios. Es la señal de que amamos a Dios. "El que recibe mis preceptos y los guarda, ése es el que me ama...; el que no me ama no guarda mis palabras", ha dicho Jesús (San Juan 14, 21-24). Y San Pablo decía: "No os engañeis; ni los impuros, ni lo idólatras, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, poseerán el reino de Dios" (1 Corintios 6,10).
Pero todavía, más allá de los mandamientos, el amor a Jesús encuentra nuevos caminos para imitarle, para seguirle más cerca, para reproducir en nosotros algunos de los finos rasgos de santidad que aparecen en el Divino Maestro. Ésto ya no es obligatorio para todos, es una amorosa invitación de Cristo a algunas almas escogidas: "Si quieres ser perfecto...ven y sigueme", Y nos propone en el Evangelio algunos consejos; "Vende lo que tienes y dalo a los pobres", y añade: "el que quiera venir en pos de mi, niéguese a sí mismo" (San Mateo, 16,24); hay algunos que voluntariamente han renunciado al matrimonio por amor al reino de los cielos (San Mateo, 19,11). San Pablo, en la carta a los Corintios, expone el consejo del Señor sobre la castidad perfecta: "El casado ha de cuidarse de las cosas del mundo, de cómo agradar a su cónyuge ... el no casado sólo tiene que preocuparse de las cosas del Señor, de ser casto en cuerpo y espíritu" (1ª Corintios 7, 33-34).
Des de los primeros tiempos de la Iglesia, el amor de Dios llevó a los más grandes santos a practicar los consejos evangélicos. Muchos de ellos reunieron en torno suyo grupos selectos de cristianos que, viviendo en común bajo una regla de vida ordenada a la santidad, y comprometiéndose con votos religiosos, se consagraban a la oración, a la vida contemplativa, al culto solemne de Dios, al apostolado, renunciaban a las cosas del mundo y observaban los consejos de pobreza, castidad y obediéncia. San Benito, San Bernardo, San Bruno, San Francisco, Santo Domingo de Guzmán y otros fueron insignes fundadores de Ordenes religiosas de gloriosa historia en la Iglesia. Más adelante, otros insignes fundadores, como San Ignacio de Loyola, San José de Calasanz, San Vicente de Paúl, San Juan Bosco, sin dejar la vida de oración, fundaron nuevas Congregaciones dedicadas al ministerio de las almas, a la enseñañza, a la asistencia de enfermos, a las misiones. Modernamente han aparecido Institutos Seculares en los que los seglares guardan los consejos evangelicos, santifican el trabajo ordinario de la vida seglar, y se consagran al apostolado.
Todas estas formas de vida constituyen el "estado de perfección", que es tenido por la Iglesia en alto honor y estima, puesto que es de grandísimo provecho e importancia para la Iglesia y para la humanidad.
Los que guardan los mandamientos, y más aún si guardan también los consejos evangélicos, son los que viven, no según la carne, sino según el espiritu. "Los que viven según la carne -dice San Pablo- no pueden agradar a Dios; pero vosotros no vivís según la carne, sino según el espiritu de Dios..., que habita en vosotros" (Romanos 8,8).
A éstos llamó Jesús "bienaventurados" en aquel hermoso programa del reino de Dios que promulgó en el Sermón de la Montaña. Ver a Dios, ser hijos de Dios, poseer el reino de los cielos, alcanzar misericordia del Señor, ser consolados por El, ser llenos de justicia y santidad, estar por encima de los afanes de esta tierra; todo esto es realmente llegar en este mundo a gustar algo de la felicidad de la gloria.
Pobres de espíritu son los que no ponen a su corazón en los bienes de la tierra. Si los poseen, usan bien de ellos o llegan a renunciarlos por amor de Dios. Trabajan honradamente por adquirir lo necesario y están siempre conformes con lo que Dios les dé.
Mansos son quienes no se dejan llevar de la ira o de la violencia, tratan siempre afablemente a sus prójimos, soportan sus molestias con paciencia y saben perdonar las injurias.
Los que lloran son los que hacen penitencia por sus pecados, sufren con resignación los dolores de esta vida y se apartan de los placeres.
Tienen hambre y sed de justicia los que no buscan sino cumplir su deber en todas las cosas.
Misericordiosos son los que, por Amor de Dios, socorren al prójimo en sus necesidades espirituales y corporales.
Limpios de corazón son los que evitan mancharse, ni aun con pecados veniales.
Pacificos decimos a los que trabajan por la paz, para si y para los otros.
Padecen persecución a causa de la justicia los que por ser justos, por amor a Jesucristo, sugren burlas, calumnias o persecuciones. A éstos dice el Señor: "Alegraos y regocijaos, porque grande será en los cielos vuestra recompensa" (San Mateo 5, 12).
En resumen:
Los principales consejos evangélicos son: pobreza voluntaria, castidad perfecta y vida de obediencia. Estos consejos no obligan a todos los cristianos, sino sólo a los que voluntariamente los profesan con voto, promesa o juramento. El estado de perfección es una manera estable de vida, aprobada por la Iglesia, en la que algunos se obligan públicamente a observar los Consejos Evangélicos.
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