CREACIÓN
PRIMER ARTICULO DEL CREDO
En todos los tiempos los hombres han hablado de Dios, los que creen en El y los que dicen que no creen. Hablar de Dios es tan natural como hablar de nuestros padres. El hombre, aunque no siempre sepa quién es Dios, siente una necesidad absoluta de Dios, y a impulso de esa necesidad busca a Dios.
Fuera de nosotros, la Creación entera nos habla de Dios; el firmamento, con sus astros y el orden con que se mueven; la variedad y hermosura de los animales que pueblan la tierra, las flores, los rios, los árboles; las leyes que rigen la transmisión y reproducción de la vida; la diversidad y armonía de funciones y actividades del ser humano, especialmente de las facultades del alma, de su inteligencia para conocer la verdad, de su voluntad y corazón para amar el bien.
Dice el Señor en el libro de la Sabiduría: "De la grandeza y hermosura de las criaturas, por razonamiento se llega a conocer al Hacedor de éstas (13,5); y San Pablo, hablando a los romanos, les dice: "Desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad son conocidos mediante las criaturas" (1,20).
Con razón dice San Agustín: "Ciertamente es un gran libro la misma hermosura de la Creación. Levanta los ojos a lo alto; ponlos en lo bajo; reflexiona; lee; ¿qué voz más autorizada deseas? El cielo y la tierra me están voceando: Dios me hizo".
Todo ello hace exclamar al Salmista: "Los cielos pregonan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos" (18,2).
Esto explica el hecho universal de que todos los pueblos y naciones a través de los siglos hayan reconocido la existencia de un Ser supremo que gobierna el mundo y traza las leyes que lo rigen. Causa primera de todo lo existente, que tiene en Sí mismo su razón de ser. Todos los demás seres podrían no existir, porque no tienen en sí mismos la razón de su existencia, y sólo existen, porque Dios se la ha dado.
Basta abrir con sencillez los ojos de la inteligencia y del corazón para proclamar la existencia de Dios, Creador y Gobernador de todas las cosas y de nosotros mismos.
Nuestra misma conciencia nos dicta a todos lo que es bueno y lo que es malo; lo que es digno de premio o digno de castigo. Esto nos dice que hay un supremo Legislador y Juez de nuestros actos. "De manera que, como dice San Pablo, son inexcusables las faltas, las pasiones, las ambiciones, el odio; y el insentato corazón que oscurece la idea de Dios en nuestra vida. Los que alardeando de sabios se hicieron necios.
Dios ha hecho al hombre libre, y a pesar de su pecado nunca lo ha abandonado. En su divina providencia escogió a un pueblo, el pueblo de Israel, para que conservara el conocimiento del único Dios verdadero, le tributara culto, y preparara la venida del Mesias Redentor. Fue misión de los Profetas durante varios siglos perfeccionar con nuevas revelaciones el conocimiento y culto de Dios, y sostener al pueblo en la esperanza del futuro Redentor.
Llegada la plenitud de los tiempos, Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, completó la revelación, dóndonos a conocer el gran misterio de nuestra filiación divina y enseñandonos amar, reverenciar u obedecer a Dios como a Padre: "Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y lo seamos " (1ª de San Juan, 3,1). "Padre justo, si el mundo no te ha conocido, Yo te conocí y estós conocieron que Tú me has enviado, y Yo les di a conocer tu nombre y se lo haré conocer, para que el amor con que Tú me has amado esté en ellos y Yo en ellos (San Juan 17, 25-25).
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