Las Virtudes teologales
La Esperanza
"Bendito sea Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia nos reengendró a una viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, que os está reservada en los cielos". Así comienza San Pedro su primera epístola. Es el grito jubiloso y optimista de quien está firme en la fe de Cristo.
San Pablo, para designar a los que no concen a Cristo, emplea la expresión: "los demás, los que carecen de esperanza" (1ª Tesalonicenses, 4, 13). El mundo incrédulo, dice en otro lugar, se caracteriza por vivir "sin Dios, sin Cristo, sin esperanza" (Efesios, 2,12).
San Ignacio de Antioquía, cuando iba camino del martirio, rebosaba optimismo en sus cartas hablando de "nuestra esperanza", "nuestra común esperanza", referida a Jesucristo. Era la respuesta de la fe a la angustia de aquel mundo sin esperanza por no tener a Cristo.
"Es la fe -dice San Pablo- a firme seguridad de lo que esperamos" (Hebreos, 11, 1 ). La fe es, pues, raíz y madre de la esperanza. El mensaje de Cristo es un mensaje de esperanza, que abre ante nuestras miserias e inquietudes un espléndido panorama de amor y misericordia del Señor, que nos quiere como hijos y nos ha dado a su Hijo, para que por El seamos salvos para siempre: "Nos hizo merced de preciosas y ricas promesas, para hacernos así participes de la divina naturaleza" (2ª San Pedro, 1, 4).
Esa fe en la palabra divina, y la esperanza de que Dios cumple sus promesas, es la gran fuerza propulsora de la vida del cristiano, y por ella agradamos a Dios. Es cierto que muchas veces zozobramos ante las tribulaciones y desalientos que el Señor permite para probar nuestra esperanza; pero hemos de tener siempre presentes las palabras de Jesús: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (San Mateo, 24, 35).
La esperanza cristiana es un ejeccicio de paciencia y de fe. De paciencia, que soporta dilaciones y pruebas: "Si esperamos lo que no vemos, en paciencia esperamos (Romanos, 8, 25). De fe, ya que esta larga espera es una profesión constante de fe "porque es fiel el que la ha prometido" (Hechos, 10-23).
Fe, paciencia y optimismo. "Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, antes bien le entregó por nosotros, ¿como no nos ha de dar con El todas las cosas? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Siendo Dios quien nos justifica, ¿quién condenará? El que murió, aún más, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios es quien intercede por nosotros" (Romanos, 8, 31-34).
"Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros" (Romanos, 8, 18).
¿Quién, pues, no se sentirá fuerte y optimista para luchas y vencer en las dificultades de este mundo?.
Nuestra esperanza se ha de fundar en Jesucristo. El sólo tiene una respuesta a la más hondas aspiraciones humanas. Fuera de El nada es firme, nada puede llenar nuestra sed de felicidad. Es necio, e injurioso para Dios, confiar en nuestras propias fuerzas, prescindiendo de su gracia. Es igualmente ofensivo para Dios dudar de su misericordia. Ambas cosas -presunción y desesperación- son la negación de la virtud teologal de la esperanza.
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