NO MATARÁS
Quinto Mandamiento de la Ley de Dios
La vida propia y la del prójimo
Uno de los primeros pecados que conocemos por la historia es un pecado contra el quinto mandamiento: el crimen de Caín, que mató a Abel, su hermano.
Entonces mismo quiso Dios que los hombres se diesen cuenta de que El es el defensor de la vida.
"Preguntó el Señor a Caín: ¿Dónde está Abel, tu hermano? Contestóle: No sé. ¿Soy yo, acaso, guardián de mi hermano? ¿Qué has hecho? - le dijo El-. La voz de la sangre de tu hermano está clamando a mí desde la tierra. Ahora, pues, maldito serás de la tierra, que abrió su boca para recibir de mano tuya la sangre de tu hermano. Cuando la labres, te negará sus frutos, y andarás por ella fugitivo y errante" (Génesis, 4, 9-12).
Esta misma actitud es la que adopta el Señor al dictar a Moisés las leyes que protegen el derecho a la vida.
"El que hiera mortalmente a otro morirá..." (Levítico, 24, 27).
El primero de todos los derechos del hombre es el drecho a la vida. La vida, sin embargo, es sólo de Dios, autor y consevador de la misma. A nosotros nos confirió únicamente el derecho y el deber de administrarla con fidelidad.
La vida depende de la salud y del buen funcionamiento de todo el organismo. No cuidar de la salud, atentar contra ella y contra la integridad de nuestro cuerpo es un acto de dominio que no nos corresponde y un acto de mala administración como el de aquél, que, por abandono o abuso, gastase algo que no es suyo. El suicidio, por tanto, va directamente contra el drecho que Dios tiene sobre nuestra vida.
Tampoco es lícito exponer la propia vida, sino es por un bien igual o superior a la misma, como el que la expone para salvar la vida corporal o espiritual propia o la de otros; para defenderse, extender la fe o alcanzar algún gran bien para sí o para otros. No es lícito exponerla en duelo, peleas, etc.
Si de la vida propia no podemos disponer a nuestro antojo, mucho menos podemos disponer de la vida de los demás. Dios mismo se constituye, como hemos visto, en defensor de la vida de nuestros prójimos.
El niño que va a nacer tiene derecho a la vida. Atentar contra este derecho es un verdadero homicidio.
En legítima defensa la vida propia o ajena, o de un bien igual o superior a la vida, podemos usar los medios que sean imprescindibles para ello, aun con peligro de que se siga la muerte del agresor. Tal es el caso de la guerra justa.
Jesucristo completó todavia más la defensa de la vida del prójimo. Y no sólo condenó el homicidio, sinó hasta todo el primer impulso de ira y deseo de venganza, que pueden arrastrarnos al crimen:
"Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás; el que matare será reo de juicio. Pero yo os digo que todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio" (San Mateo, 5, 21-22).
"Habeis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente (la ley del talión). Pero yo os digo: No resistáis al mal, y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también la otra; y al que quiera litigar contigo para quitarle la túnica, déjale también el manto.
"Habéis oído que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos" (San Mateo, 5 38-40 y 43-44).
"Si vas, pues - dijo Jesús -,a presentar una ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda " (San Mateo, 5 23-34).
Jesucristo unió el ejemplo a su palabra. En la cruz dijo: "Padre, perdónalos, pues no saben lo que hacen" (San Lucas, 23,34).
Esto es lo que nosotros practicamos al decir en el Padrenuestro: "Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores". Siempre debes perdonar. Un día preguntaba San pedro a Jesucristo: "Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano si peca contra mí? ¿hasta siete veces?. Le respondió el Señor; No digo yo hasta siete veces, sinó hasta setenta veces siete" (San Mateo, 18,21-22), es decir, siempre.
Pero en el hombre, además de la vida natural, hay otra; la vida sobrenatural del alma, fundada en la fe y sostenida por la gracia.
La muerte acaba con la vida natural. Con la vida sobrenatural del alma acaba el pecado grave, que por eso se llama mortal. No que el alma muera como el cuerpo, pues es inmortal, sino que pierde la vida de la gracia.
En este sentido, también el hombre puede ser homicida de almas. Es el pecado de que comete, o bien que induce al pecado a otros con malos consejos y malos ejemplos, o tomándolo por compañero y cómplice de los propios pecados.
Jesucristo habló así: "Al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al fondo del mar. ¡Ay del mundo por los escándolos! porque no puede menos de haber escándolos; pero ¡ay de aquél por quien viniere el escándalo! (San Mateo, 18, 6-7).
Y "no tengáis miedo -dijo- a los que matan el cuerpo, que el alma no pueden matarla; temed más bien a aquel que puede perder el alma y el cuerpo" (San Mateo, 10,28).
En RESUMEN:
Peca contra el prójimo en el quinto mandamiento de la Ley de Dios, el que le da muerte o le hiere, el que odia o está enemistado con él, el que le desea mal, le insulta o difama, y el que le escandaliza.
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