Ser Carmelita con la Beata Isabel de la Trinidad:
1.- Un Prolongado Deseo
Isabel de la Trinidad transcurrió el ochenta por ciento de su corta vida en el mundo.
No podemos estudiar aquí este período tan importante de su madurez espiritual. Limitémonos a dos preguntas: ¿Cómo conoció y deseo el Carmelo? ¿Cómo se preparo para entrar en él?
A. Primeros contactos con el Carmelo.
Nacida el 18 de julio de 1880 en el campo militar de Avor, cerca de Bourges, la hija mayor del capitán Catez perdió a su padre cuando apenas tenia siete años y tres meses. La señora Catez con sus dos hijas Isabel y Margarita y una criada se traslada a la calle Prieur- de-la- cote-d`or en Dijon, en donde ocupa un apartamento en un segundo piso. El cuarto de Isabel da al edificio del Carmelo muy cercano. La señora Catez admira mucho a Santa Teresa - “nuestra santa Madre, a quien me enseñaste a amar, siendo aun muy pequeña”, le escribirá Isabel (L.178)- Pero aborrece la eventual entrada de una de sus hijas a un monasterio de la Madre.
Un día la señora Catez lleva consigo a su hija de ocho años al locutorio del Carmelo. La pequeña Isabel, a pesar de su carácter siempre bromista, siente tal terror delante de las gruesas rejas, que es incapaz de decir su nombre a la dulce voz femenina que se lo pregunta detrás del velo negro. Este su primer contacto con el Carmelo.
El segundo será mejor. Es el día de su primera comunión, el 19 de abril del año 1891; a la edad de casi 11 años, en su blanco vestido de primera comunión, la joven Isabel contempla a través de las rejas, cuyo velo esta vez esta corrido, el rostro sonriente de la buena priora María de Jesús, que, sobre una estampa, le explica que su nombre, que en otra ocasión no había sabido explicar, significa “Casa de Dios”. Explicación equivocada, ya que este nombre hebreo significa “Mi Dios es Plenitud”. No importa. Isabel se sentirá tan unida a la explicación de “Casa de Dios” que, precisamente en esta mañana, recibiendo por primera vez el Cuerpo de Cristo, se ha sentido visitada, habitada, casita y templo de Jesús que la ama.
Conservara esmeradamente la estampa recibida y debió mirarla y leerla con frecuencia: frente a la reproducción de Santa Teresa, la seráfica, la pluma en la mano, escuchando la blanca paloma del espíritu, y en el anverso el texto de su “señalador” (Nada te turbe, etc.”) y algunas máximas de la Santa. La fisonomía espiritual de este extraño convento, cercano, poco a poco se esclarece.
En adelante Isabel sentirá una gran atracción hacia el misterio de la Eucaristía. “No pensaba en otra cosa que en los días en los que le seria permitido recibir a nuestro Señor, los contaba, hablaba de ello en todos nuestros encuentros”, testifica una amiga. “Ángel o demonio”, había profetizado de ella el sacerdote que la preparaba para su primera comunión! Isabel hace esfuerzos constantes e intensos, luchando contra su “terrible carácter” (J 81), inclinado a la cólera y al dominio. Progresa también en los aspectos sociales, artísticos, agradables. Frecuentando el Conservatorio de música y (recibiendo en casa lecciones privadas de formación literaria y general), pasa diariamente horas en el piano, lo que hace que obtenga su primer premio a los trece años.
Decidida a consagrar su vida al señor en la vida religiosa, a partir de los siete años, su aptitud para la oración y su atracción hacia lo absoluto la orientan sobre todo hacia la vida claustral. Pero dónde? Sueña con las Trapenses o con las religiosas de la Cartuja. La austeridad y la mortificación la atraen. Pero el misterioso convento de sus vecinas, las carmelitas, continua, sin embargo, atrayéndola.
Va a cumplir catorce años. Una mañana, durante su acción de gracias, se siente irresistiblemente impulsada a pronunciar el Voto de virginidad perpetua, algunas semanas después, como un mensaje personalísimo de Dios, una elección brota de su corazón, cristalizando en adelante todos sus sueños y deseos: “me pareció que la palabra “Carmelo” había sido pronunciada en mi alma.
Consternada por el deseo de su hija, la señora Catez le prohibió frecuentar el Carmelo. Pero el mal estaba hecho! El virus carmelitano la ha contagiado definitivamente y entre los “pensamientos cristianos”, que esta jovencita de 14 años recoge, en una hoja de papel, lo que más le interesa, son las máximas de Santa Teresa.
Con los nombres de Jesús y de María, los de “Teresa” y “Carmelo” son los que en adelante llenaran la música los oídos de la joven pianista, deseosa toda ella de abandonar su instrumento a cambio del silencio del Carmelo y el lenguaje de Jesús: “con tu Hijo, Madre tan amada /, Yo quiero llevar una vida escondida/. Yo quiero estar en el Carmelo. / Es mi voto eterno” (P.2). He aquí, a la edad de catorce años, una definición de la vida del Carmelo: Una vida “escondida, pero con”, junto con el hijo de María! Y que fuego alienta en el fondo de su alma ardiente y apasionada!: “Jesús, mi alma esta celosa de Ti. / Yo quiero pronto ser tu esposa”.
Estar “pronto” en el Carmelo, no para complacerse en la dulzura de un sueño y de un sentimiento narcisista, sino para compartir la gran obra redentora de Cristo, y entregarse a la muerte que conduce a la plena unión del cielo: “…Contigo yo quiero sufrir. / Y para encontrarte morir” (P. 4). Nótese la semejanza con el quiero ver a Dios” de Teresita de Cepeda y Ahumada partiendo para el martirio y la resonancia de su divisa “o padecer o morir”. El mismo día, además, Isabel llama a Teresa “Feliz alma predilecta” (P. 6). El alma de Isabel es también tan recta y tan noble que se adivina fácilmente donde nace su deseo de una oblación total: “Tu has muerto mí/ y nada puedo padecer por ti” (P. 18).
PARA Y CON: serán siempre dos ejes de la vida carmelitana de la futura Isabel de la Trinidad.