Mal que me pese
Está llena de preguntas esta vida.
No me pidas respuestas que no tengo.
Cuando surgen de la nada situaciones,
nos envolvemos en inútiles retóricas
y nos perdemos por caminos olvidados
que siempre nos regresan al punto de partida.
Entonces no puedo explicarte.
No existen razones para lo que es,
ni me importa lo que fue
por lo que tampoco existe...
No puedo decir, porque no conozco
(y ciertamente me importa menos),
salvo por lo mucho que he aprendido
de la definitiva verdad de que te quiero.
He aprendido a odiar...
A detestar tus ausencias y este tiempo
que mantiene alejados nuestros cuerpos
limitando el alcance de las manos.
¡Odio el tiempo que parece no moverse
y que impone estas distancias dolorosas!
Detesto esta distancia en tu voz...
y odio tu voz distante en las esperas;
odio el desesperante vacío de mi entorno,
y odio la angustiosa necesidad de poseerte
que no conoce de salidas o de encierros.
Detesto estar urgando en la palabra
para que se me otorgue algún derecho;
odio cuando el deseo de abrazarte
se me queda colgado de los ojos...
y odio a quienes andando siguen yertos,
esperando que la tumba se les abra
para mostrarse vivos, aún inertes.
He aprendido a odiar, ¡quién lo diría!
Ahora que te quiero he descubierto
que siempre quien más grita
es de nosotros el que lleva más tiempo entre los muertos.
No me pidas respuestas que no tengo.
Cuando mañana sea, quizás te diga
y encuentre las palabras sin medirlas,
si es que hubiese que hablarte alguna noche
que arriesgándonos, aflojemos las amarras
que apresan el tesoro que es la vida
y ahogan inhumanas nuestras voces.