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Salsa Monterrey
Aún hace poco aborrecía la música salsa. El rockero que llevaba dentro no podía admirar sino el pelo largo, la guitarra eléct Salsa Monterrey
Por Mario Anteo  OSEA EL PAPA DE SOL salzumba



(06 Marzo 2005).- <NOTA>Aún hace poco aborrecía la música salsa. El rockero que llevaba dentro no podía admirar sino el pelo largo, la guitarra eléctrica, el pisanlov. Me parecía ridículo comparar a Eric Clapton o los Stones con bongoseros y maraqueros, y una herejía sustituir en el tocadiscos a Janis Joplin por Celia Cruz. Incluso detesté la actuación de Santana en Woodstock 69.

Castigando mis yanquis ínfulas, los hados decretaron que mi hija Claudia Sol fuera bailarina de salsa, y que lo fuera de corazón. Yo deseaba un vástago dedicado a la poesía, el rock o la pintura abstracta, y lo que me deparó el destino fue una bailarina con el son cubano corriendo a raudales por sus venas.

Resulta irónico que la salsa, al menos en la acepción general del término, naciera cerca de los domicilios de John Lennon, Paul Simon y Lou Reed, tres rockeros primordiales de mi discoteca. Y aun más irónico el que los primeros discos de salsa mostraran sus títulos en inglés.

Corro el riesgo de indignar a algún cubano o puertorriqueño de cepa al decir que, según mis escasas fuentes de información, el término "salsa" no fue acuñado en La Habana ni en San Juan, sino en las rockeras tierras del Tío Sam.

En efecto, todo indica que, a fines de los 60, el término "salsa" refería la más innovadora música afroantillana ejecutada en Nueva York. Era una mezcla de son, guaracha y guaguancó, y entre sus músicos sobresalían Ray Barretto, Bobby Valentín, Héctor Lavoe y Willie Colón.

Fue la agrupación musical Fania, creada por Johny Pacheco y Jerry Masucci, quien popularizó el género de la salsa. En 1968, Fania se presenta por primera vez en un club de Nueva York, y de tal actuación, donde intervino como invitado Tito Puente, provino el primer disco de Fania: "En vivo en el Red Garter".

Deberán clarear los años 70 para que Fania obtenga el primer triunfo comercial, cuando en vivo graba "Live at the Cheetah". A partir de entonces, el término "salsa" se mantendrá indisolublemente ligado a la corporación Fania, y comenzará a circular por el mundo entero.

Ya en el nuevo milenio, la corriente salsera arribó a Monterrey, y tal parece que con un empuje y enjundia suficientes para arrastrar a mi hija Claudia Sol, quien creció entre discos muy ajenos a los de Celia Cruz y Willie Colón.

Así las cosas, sucedió lo contrario de lo esperado: Quise atraer a mi hija al rock, y fue ella quien me jalonó a la salsa. Fue así que ella me sustrajo al racista prejuicio de muchos jóvenes setenteros, para quienes el arte musical es sinónimo de rock en lengua inglesa.

Al menos allá en mis tiempos de prepa, cualquier otra expresión musical que no fuera la batería desaforada, aullidos en inglés y estridentes cuerdas, se consideraba un producto de la naquencia, la mentalidad burguesa, la ignorancia, el frívolo gusto. ¡Ni el mismo Mozart escapó al prejucio!

Ahora debo reconocer que, en cuanto a complejidad y belleza, la salsa no está lejos del ballet clásico y la danza contemporánea. Es más, me atrevo a decir que es un arte con todas las de la ley, lo mismo que el teatro y el cine.

Incorporada a la compañía Salzumba, que dirige Adrián Arellano y Laura Fernández, mi hija me ha demostrado que, en cuanto a calidad artística y plasticidad, la danza afro-antillana está por encima de muchos bailes de salón, incluyendo el género grupero, que tanto ha crecido en los últimos años en Monterrey.

No digo que la danza grupera, con su aire vaquero y sus mecates, sea tan simplona como la música en que se basa; digo que no necesitas ser un experto en la materia para advertir que, en cuanto a complejidad de movimientos y requerimientos biológicos, la danza salsera no tiene parangón entre los bailes populares.

Pero, entonces, ¿qué explica el regiomontano auge grupero, con sus millonarias disqueras y su intensa publicidad, mientras la salsa permanece un tanto a la sombra, lejos de los grandes escenarios, la fastuosa producción, las fotografías de los medios?

Con seguridad, la respuesta se encuentra en esta llana verdad: no requieres mucha escuela para lanzarte a escena y bailar tex-mex, mientras que, para animarte a enfrentar en público la salsa, necesitas agallas y un mínimo adiestramiento que te libre del "oso" de tu vida.

Por ello muchas academias de danza locales están incluyendo la salsa en su repertorio. Pues aunque es cierto que todavía este ritmo vivaz no recibe la atención que disfruta la música grupera, de todos modos se advierte un despunte, un creciente interés de los regiomontanos por los agitados y alegres tambores de la salsa.

Al menos ya extirpamos el prejuicio que catalogaba a esta música entre las expresiones obscenas y vulgares, primitivas como el alarido de Tarzán o la magia vudú. El arte de la salsa se ha librado de excrecencias ideológicas y religiosas, y se ha presentado en nuestra ciudad como lo que es: una laboriosa manifestación artística, una loa a las ganas de vivir, una disciplinada euforia con la cual despabilar la modorra y librarnos del estrés.

Increíble el festivo y bullicioso ambiente de los escasos salones de baile dedicados a la salsa en Monterrey. De hecho, podría decirse que sólo disponemos de tres locales salseros: "El Rincón de La Habana", "Skandal" y "Guaguancó", todos con estupenda música, pero poco publicitados y con pistas de baile inadecuadas para que el bailarín despliegue a sus anchas los complicados y amplios pasos de la salsa.

Ocupada en sacudir el cuerpo al ritmo de los tambores, la gente apenas si bebe en estos salseros sitios. Todo mundo desea moverse, sacudir las caderas, girar, entregarse al pegajoso ritmo. La fiebre aumenta cuando se organizan concursos y, con el escenario despejado, la "crema y nata salsera" realiza pasos que rayan en lo circense.

En tales sitios no verás borrachos con sus farfullos y ojos vidriosos, ni llorones cantantes haciendo el panegírico de la pistola y las ingratas mujeres que son la perdición de los hombres. Nada de pleitos en la entrada de los baños, ni machos lamiendo con los ojos a la joven solitaria, ni influyentes bebedores imponiendo su gusto musical.

¡Si alguno de nuestros empresarios le echara un ojo a tan pingüe negocio! Llenaría de inmediato sus arcas, pues, para decirlo de algún modo, "la mesa está servida". Le auguro un éxito rotundo a quien, invirtiendo algunos millones, construya un salón de salsa con las dimensiones y publicidad que ahora sólo disfrutan los grandes antros gruperos.

Me extraña que nuestros "visionarios" empresarios no reparen en la mina de oro que ofrece la salsa. ¿O es que su mirada de halcón sólo atiende cosas sólidas y tangibles como la cerveza, o claramente financieras como los bancos?

Mientras tanto, aquí tengo a mi hija en casa, todo el tiempo contando compases, ensayando con su novio Israel las matemáticas piruetas, el entrevero de brazos, los pies que no pierden el ritmo, los sonrientes rostros sudorosos, las manos haciendo sensuales trazos.

Veo a mi hija preparando sus clases de salsa, absorta en su tarea, profesional, atenta al alumno, y me alegra que tal imagen contradiga la de una cantante de rock, que me forjara en mis "regresivos" ratos de ocio, cuando mi hija aún "gateaba" en pañales.

Y es que sin duda mi hija está mejor afinada que yo a los tiempos corrientes. Ella se aviene como por instinto a la temperatura social de Monterrey, ciudad que, no obstante su cercanía con Texas y su explosivo entusiasmo por la música grupera, ya fue hipnotizada por la salsa, si bien aún el tambor africano no resuena lo suficiente como para ponernos a bailar todos el saleroso "himno a la alegría" que es la salsa.

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