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Las enseñanzas del Volcán
 
Dice don Juan, don Juan José, don Juan José Arreola, con un fervor chauvinista que contrasta con la grandeza de su pluma, que los volcanes de Colima, aunque se llamen así, en realidad son de Jalisco. En estricto sentido supongo que así es: la mayor parte de los volcanes debe pertenecer al estado vecino, pero ¿a quién le importa eso?
 
Es decir, desde la perspectiva de estos colosos qué más da si están en una entidad federativa u otra: qué saben ellos de límites o fronteras, si cuando nacieron ellos apenas si había hombres compitiendo por el territorio con mamuts y dinosaurios. Tan aburrida es la vida de los hombres y sus discusiones para estas montañas, que una hace muchos años que decidió quedarse dormida, y apenas si nos esboza una blanca pero somnolienta -es decir helada- sonrisa cada vez que se presenta un invierno lluvioso. De ahí en fuera ni un cigarrillo enciende el Nevado. No así el otro Volcán de Colima, el de Fuego: éste da señales de estar menos aletargado, o por lo menos, aunque los hombres lo tengamos también aburrido con nuestras discusiones para precisar qué  color del mapa, qué gentilicio, si jalisciense o colimense le corresponde, éste es un volcán un tanto cuanto menos helado en sus expresiones: bosteza humo y a veces escupe lumbre.
 
A ciencia cierta yo no sé si escurre lava de aburrimiento o de contento, pero es mucho lo que la gente dice que estos volcanes pueden ver: sus ojos dominan todo el llano en llamas por un lado, y el valle de Colima por el otro, hasta internarse en las humedades del mar Pacífico.
 
Estos volcanes ven lejos, y no dudo que también vean más hondo: ¿serán capaces de ver el alma humana, nuestras blancas, negras, rojas, amarillas o azules intenciones? A lo mejor sí, pero éste no es el punto. El punto es éste: estos volcanes, estoy seguro, no sólo ven más lejos y más hondo, sino también más cerca: sus ojos se mojan tanto en las olas del Pacífico mar, en el agua de coco de las palmeras del valle de Colimán, y en los corazones de sus habitantes más cercanos: los de La Yerbabuena. ¿Conocerá por sus nombres a cada uno de sus habitantes, o los que quedan?
 
Pero no es sobre los conocimientos del Volcán sobre lo que yo quiero discutir en esta mesa. En todo caso a quien quiero rebatir es a don Juan José, el maestro Arreola: es cierto, quizás los volcanes de Colima lo sean más de Jalisco desde su entendimiento, pero aquí yo quiero traer a colación una máxima zapatista que echará por tierra sus argumentos (¿qué saben los volcanes de títulos de propiedad?): "los volcanes son de los que los ven", es decir, de los que los trabajan con su mirada, y todos los que somos de esta región sabemos que desde niños, desde que trazamos la figura de estos volcanes en las hojas de nuestros primeros dibujos -uno heladamente sonriendo, otro humeantemente riendo-, la vista de estos volcanes nos pertenece. O mejor dicho, a lo mejor el Volcán no pertenece a Jalisco, ni pertenece a Colima. A lo mejor la verdad es que todos nosotros pertenecemos al Volcán. Al que todos nosotros vemos, el que a todos nosotros nos mira.
 
 Y para no aburrirles más con estas palabras -a ustedes y a los volcanes-, y para dejar constancia de que no estoy peleado con el maestro Arreola -aunque en asunto de volcanes reconozco que disiento-, me voy a permitir leerles un párrafo del autor de Zapotlán, precisamente aquél en el que se menciona la pertenencia de estas montañas a uno u otro estado.

Yo señores, soy de Zapotlán el Grande. Un pueblo que de tan grande nos lo hicieron Ciudad Guzmán hace cien años. Pero nosotros seguimos siendo tan pueblo que todavía le decimos Zapotlán. Es un valle redondo de maíz, un circo de montañas sin más adorno que su buen temperamento, un cielo azul y una laguna que viene y se va como un delgado sueño. Desde mayo hasta diciembre, se ve la estatura pareja y creciente de las milpas. A veces le decimos Zapotlán de Orozco porque allí nació José Clemente, el de los pinceles violentos. Como paisano suyo, siento que nací al pie de un volcán.
 
A propósito de volcanes, la orografía de mi pueblo incluye otras dos cumbres, además del pintor: el Nevado que se llama de Colima, aunque todo él está en tierra de Jalisco. Apagado, el hielo en el invierno lo decora. Pero el otro está vivo. En 1912 nos cubrió de cenizas y los viejos recuerdan con pavor esta leve experiencia pompeyana: se hizo la noche en pleno día y todos creyeron en el Juicio Final. Para no ir más lejos, el año pasado estuvimos asustados con brotes de lava, rugidos y fumarolas. Atraídos por el fenómeno, los geólogos vinieron a saludarnos, nos tomaron la temperatura y el pulso, les invitamos una copa de ponche de granada y nos tranquilizaron en plan científico: esta bomba que tenemos bajo la almohada puede estallar tal vez hoy en la noche o un día cualquiera dentro de los próximos diez mil años.

Bueno, amigos, muchas gracias, y como dicen que también decía Zapata: "yerba buena nunca muere".
 
(Alejandro Morales) (Texto leído bajo el marco del Primer Homenaje al Volcán de Fuego de Colima "Francisco Arenas", el pasado 4 de agosto, en La Yerbabuena, municipio de Comala.)

 

 
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